jueves, 9 de abril de 2015

Homeschool

Desde la ventana medio empañada miramos a los niños y sus madres caminar de prisa.  Las maletas con ruedas les siguen, tropezando con los baches. En unos cuantos minutos más se cerrarán las puertas de los colegios y la jornada escolar habrá empezado.
Cerca de las nueve de la mañana empieza nuestra Escuela en Casa.  Con el mundo en contra y con las preguntas: 
-¿En qué colegio está tu hija? ¿En qué grado está?  
Respondo:
-Este año no va a ir al colegio. Vamos a hacer Homeschool.-  Que es el nombre en inglés para Escuela en Casa.
Los ojos de las mamás gallinas del Perú, me miran con asombro, cacareando de indignación por dentro, agitando sus alas sobreprotectoras, queriendo darme de picotazos, pero yo, la mamá hippie, planteó mi postura de por qué el sistema escolar es una porquería, para algunos niños.
Recuerdo cuando a los tres años fuiste al nido. La lonchera, el mandil, las colitas, la caja con los útiles,  todo tan lindo y tú la más hermosa. ¡Click! La foto para el recuerdo. Y en eso, después de cuatro horas, llegas con tanta tarea que nos tuvo ocupadas hasta la noche.
Cansadas y molestas, empezaron nuestras primeras disputas. De mi lado, porque me quitabas el tiempo usando tan lento tus manitos y distrayéndote porque pasaba la mosca. Y del tuyo, porque de repente, deje de ser divertida para volverme el gorila acusador que apuntaba tu ineptitud. Me quitas los ánimos, me decías, y tu voz agudita se apagaba tratando de enfocar un cuaderno, ese cuaderno del mal, que sería el primero de tantos, que entre impaciencias, amenazas y tu tristeza, pudimos completar para que la Miss esté contenta. Todo ¿para qué? Para que las mamás gallinas se sientan superiores, por tener hijos prodigios que “hacen” tareas impecables, con una destreza de adultos. ¡Ay! ¡A mi hijo cómo le gusta hacer la tarea! ¡Hemos encontrado la lámina!¡Ya terminamos la maqueta! ¡Está listo para la exposición! ¡Todito ha estudiado! La Miss se contentaba con ver que todo se cumple sin importar cómo. El niño es halagado y promovido y la mamá gallina obtiene un veinte.
Nuestra historia del colegio se volvió más oscura e insoportable a medida que iba avanzando la primaria. Tú no soportabas las clases y yo no soportaba que no seas como los demás niños. ¿Por qué era tan difícil que no des problemas, que hagas tus tareas y no friegues, para poder siquiera por una vez, delante de mis amigas decir que algo bueno había dicho la Miss de ti?
Pero ser medio delincuente en cuarto grado fue la alerta. Robabas, mentías descaradamente y no te interesaba nada.  Tu libreta de notas tenía azul sólo en Inglés y Religión. Casi todos los años tenías que ir a las clases de verano para recuperar notas y pasar de grado. Algo estaba mal y me había dispuesto a descubrir qué era, para no perderte.
Después de haber probado de todo, hasta el punto de molerte a palos  y ver que ya no le tenías miedo a nada, supe que me odiabas. Entonces abrí la puerta del corral y salimos. Ni tú eres una niña prodigio y yo menos una mamá gallina. No iríamos al colegio. Te quedarías conmigo,  haríamos lo posible por aprender algo,  lo que sea, pero tendríamos un descanso de tanto libro, cuaderno y tarea, de tanta locura, rebeldía y violencia. Dejaríamos el infierno fuera de casa y seríamos tú y yo.
Si terminabas la etapa escolar a los veinticinco años ¡qué importa!  Tú vales más que cualquier halago, que cualquier inteligencia o desempeño académico.
La abuela, docente jubilada, casi se muere ¿Te acuerdas? 
-¿Cómo no vas a mandar a esa muchacha al colegio? Te pueden meter presa si alguien te denuncia- decía con una preocupación sincera.
-Señor-le dijo la directora del colegio al papá- van a arruinar a su hija. Ella está necesitando más disciplina. Está perjudicando su futuro.
Ese año pasó. Hicimos deporte, tratamos de completar los libros de Matemática y Comunicación Integral. Desayunábamos y almorzábamos juntas. Los días eran nuestros. Dejaste de tener miedo, los gritos quedaron atrás. Sonreíste una vez más. Y en medio de los cacareos de las mamás gallinas, sus reclamos y preguntas por la manera en que echaba a perder tu vida, volviste a casa.  
-¿Cómo has hecho para que tu hija sea tan linda? ¡Es lo máximo!- me preguntan cuándo te conocen.
-Te felicito, tú hija es única, ya quisiera que la mía sea así.
-Es tan talentosa, realmente puede escoger ser lo que quiera- me dicen, tus jefes, tus mentores, tus amigos, mis amigos.
- Felicitaciones, la has criado muy bien- me dice la gente que has conocido de diferentes lugares  a los que has viajado.
En un mes cumples veintidós años. Eres una hermana mayor preciosa y buena. Te gusta el trabajo y  la gente que te conoce, te ama. Eres muy culta, conversas de todo con todos.  Eres autodidacta como tu madre. Aún no has resuelto el tema de la carrera que seguirás (puedo oír los aletazos de las mamás gallinas en este instante), porque tienes talento para tantas cosas, que entiendo que te cueste decidir. Pero no te preocupes hija, al fin y al cabo, ¿dónde está dicho que a los veintitantos ya debes ser toda una profesional?
-¿Si no? ¿De qué va a vivir?
¡Vive y no sobrevive! Es responsable, trabajadora, próspera y generosa. Pertenece a ese porcentaje de gente que no nació para este sistema y que está pasando satisfactoriamente el examen de la vida.

miércoles, 28 de enero de 2015

Cielo gris

No quiero saber dónde estoy o si mi cuerpo está en pedazos. Sólo puedo escuchar un agudo zumbido retumbando en mi cabeza. No quiero abrir los ojos. Me atrevo a mover mi mano derecha ¡Ahí está! Creo que un poco hinchada, no sé si adolorida.  Necesito valor para tocar mi vientre ¡Qué esté abultado, qué este fuerte, qué este vivo!
Llegué a Lima hace  algunos días. Miguel Ángel me convenció de venir a su tierra. Nos conocimos trabajando en un pequeño restaurante de mi ciudad, en la pacífica Amsterdam.
Desde el principio me gustó el corazón sincero y  sencillo de Miguel Ángel. Aunque el idioma ha sido un aparente obstáculo, nos entendimos tan bien que llegamos al punto de vivir juntos y compartir todo lo que somos. Pero siempre una melancolía rodeaba a Miguel Ángel. Como si algún ingrediente le faltará a cada comida o como si algo restringiera su alegría mientras estaba conmigo. 
Como buenos  amigos que también somos finalmente me dijo que aunque el Perú esté loco quería volver.  Describió cada broma, cada nota pintoresca de una cultura lejana y que poco a poco empezó convertirse en algo apetecible para mí. Lúcuma, micro, juerga, arroz con pollo, la Costa Verde, el tono e historias increíbles entre amigos y familia hacían agua mi paladar transcultural. Decidimos entonces prepararnos para volver, aunque el Perú esté un poco de cabeza, me decía, no te vas a arrepentir, te vas a enamorar de Lima como te has enamorado de mí.
Una preciosa sorpresa aceleró nuestros planes. Estaba embarazada y un fuerte instinto de preservación empezó a invadirme al punto de querer abandonar cualquier loca aventura por el milagro de la vida dentro de mí. Pero Miguel Ángel apresuró todo lo que estuvo dentro y fuera de su alcance para viajar a Perú mientras mi barriga sea pequeña.  Casi sin notarlo ya estaba sentada en el avión al lado de un Miguel Ángel entre lloroso y eufórico. Decidí relajarme y disfrutar los siguientes días al lado de mi nueva cultura peruana.
Once de julio de mil novecientos noventa y dos, a las once de  la mañana, un cielo gris y gente entre amable y asustada me dan la bienvenida a Lima. No estaba acostumbrada a desconfiar pero algo me decía que debía andar con cuidado. No pude distinguir hasta unos días después a las autoridades. Entre policías y militares se desplazaban por la ciudad. Tanques, ametralladoras, avisos en la televisión para abrir la boca en caso de que una bomba estallará cerca, ola expansiva, no se parecía mucho al pintoresco cuadro de Miguel Ángel sobre su Perú. 
Estaba al tanto de que una situación de terrorismo se vivía en el país pero nunca imagine que era tan grande y tan seria. Pero la tranquilidad de Miguel Ángel  me aseguraba de que estaba exagerando y  hasta bordeando la sicosis.
Miguel Ángel comía y conversaba con sus amigos, primos y parientes que celebraban su llegada. Él estaba de fiesta, traduciéndome lo que consideraba importante o como quien recuerda que yo estoy allí. Después de la euforia de los primeros días y al verme aburrida, algo sola y perdida en medio de toda la algarabía, Miguel Ángel prometió llevarme a Miraflores para probar el típico helado de lúcuma de D’onofrio.  
Dieciséis de julio, mes de invierno limeño.  El parque de Miraflores invitaba a escribir una canción o tal vez una corta poesía. El cielo gris, el frío y los deshojados árboles formaban un trío de amigos insistentes que  te invitaban a encender un cigarrillo para componer, escribir o soñar a su lado. Le pedí a Miguel Ángel que el helado espere un poco y que caminemos por las calles cerca del parque. Estaba fascinada por las invisibles pisadas bohemias que podía oír recorriendo esas calles hasta llegar a un morro que escondía detrás de sí al verde mar.
Pudimos ver a un pálido sol de invierno limeño esconderse detrás del mar susurrándome al oído que había exagerado con mis temores. La noche nos cubrió sigilosamente. Perdimos la noción del tiempo.  Caminamos de regreso al parque por una avenida. Miguel Ángel  empezó a tararear Avenida Larco, esa canción que cantaba a voz en cuello los viernes por la noche cuando llegábamos de trabajar y nos preparábamos para ir a algún bar ¡Esta es!, me dijo, ¡La Avenida Larco está a tus pies! Yo ya lo sabía. Era mágica y misteriosa y casi mía porque la amaba y añoraba tanto o más que él.  Cantamos la canción sin apuro y con cuidado para registrar en la piedra de nuestra amistad cada segundo de este sueño hecho realidad.  Nos paramos en una esquina. Practicando el español aprendí los nombres de las tres últimas calles que cruzaban la mágica Avenida Larco antes de detenernos. Benavides, Tarata y  Schell. Miguel Ángel sin dejar de mirarme estiró su mano y señaló hacia la izquierda. Helado de lúcuma, ahí está D’onofrio. Superaba cualquier fantasía. Empecé a sonreír pues me quedé sin palabras, cuando un fuerte y seco sonido me cortó la respiración y en menos de dos segundos un impulso  salvaje me levantó del suelo y volé lejos de Miguel Ángel. 
Acabo de despertar. Supongo que estoy en un hospital porque huele a alcohol. 
No sé qué sucedió, tampoco sé dónde está Miguel Ángel. Retumba en mi cabeza el zumbido y de lejos el vivo recuerdo de los gritos, las sirenas,  desesperación y llantos rodeándome.
Aun no quiero abrir los ojos porque sé que están heridos, hinchados y ardiendo como fuego.  Lentamente frotaré mi vientre, que sólo si está abultado, fuerte y vivo  tendrá sentido mi existir. 
Mi mano no encontró más que la semilla para el resentimiento cultural en un vientre plano y vacío. El zumbido aún no me deja y mis ojos no quieren volver a encontrarse con ese cielo gris que recién hoy reconocí  como el reflejo del  dolor de la tierra peruana que se ve forzada a tragar sangre inocente derramada por las manos de su propia gente.

sábado, 24 de enero de 2015

Corazón carnívoro


Seres de placer es lo que somos. Tengo un machete, un cuchillo de cocina, fósforos, platos, tenedores,  y un buen vino que escondo desde hace varios años.  
Porque el mundo es verde, orgánico e insípido prefiero una muerte de texturas y sabores, como cuando vivir era disfrutar. No tengo remordimientos al pensar que mis hijos, mi esposa y mis nietos valen menos que un jugoso bistec y crocante tocino acompañadosde papas fritas y una Coca-Cola helada.
La eme gigante del McDonalds parece levantarse como un pálido  fantasma donde ahora hay sembradíos de cuanta verdura y fruta quiere crecer con una libertad que les fue negada durante muchas décadas. Sin alteraciones en sus semillas, sin la manipulación del suelo. Los que antes eran  los grandes supermercados hoy son grandes almacenes con una marcada ausencia de refrigeradoras o cualquier sustancia artificial. Sutiles fotos de personas que ya no están con nosotros porque partieron anticipadamente gracias a un inesperado y agresivo cáncer son el aliento para comprar grandes cantidades de frutas, verduras y semillas  como si fuésemos deliciosos pollos o conejos. Y les encanta decir: “Tu corazón te lo agradece”, “Tu hígado está feliz” ó “Nada mejor que un colón libre” cada vez que terminas tus compras.
La tasa de mortalidad era tan alta en los años antes de los veganos, que una familia de cinco miembros se reducía a dos o uno por las enfermedades degenerativas.  Vivir hasta los cincuenta era la longevidad de ese entonces. Las funerarias y camposantos estuvieron en todo su apogeo pero no podían cubrir la demanda. Era normal percibir los primeros olores a putrefacción a lo largo de vecindarios, calles y avenidas marcando una invisible línea de espera  de esos cuerpos inertes que aguardaban turno para recibir cristiana sepultura. Esto traía infecciones a los pocos vivos y dudosamente sanos familiares que tuvieran los finaditos. Ni que decir de los hospitales. Muchos entraban, ninguno salía. 
Caos, dolor, enfermedad, descontrol, putrefacción, llantos, lágrimas, todos estábamos condenados a muerte. Era cuestión de unos meses o con mucha suerte algunos años.
 Hasta que llegó el maldito día en que los veganos denunciaron a las farmacéuticas, a los médicos y hospitales por ocultarle al mundo que la cura para todas las enfermedades, desde sencillas alergias hasta los más mortales cánceres estaba en el disciplinado consumo de verduras y frutas crudas y numerosos enemas de café. 
¡Tan sencillo como eso! En menos de dos meses la enfermedad era erradicada y un nuevo estilo de vida sin consumo de carnes ni de sus derivados devolvía la esperanza a miles. 
Se presentaron ante el mundo con pruebas contundentes de pacientes terminales siendo sanados al cien por ciento por el consumo de frutas y verduras crudas. Diligentemente habían estado estudiando, experimentando y registrando cada caso. La cura  había sido descubierta. Se volvieron una feroz epidemia de salud y vida. El cáncer de la sanidad. La muerte de lo todo lo bueno que nos ofrecía la vida hasta ese entonces.  No puedo negar que los veganos se veían diez veces mejor que los carnívoros o el recuerdo de cualquier humano antes de esta revolución de comida cruda. Por eso dejaron sin palabras al mundo entero con sus argumentos y la belleza de su aspecto físico.
Los veganos bombardearon  el internet con  sus explicaciones científicas y pruebas sobre el veneno de la comida chatarra. Los enlutados llenos con la fuerza del dolor por la pérdida de sus seres queridos  gracias al sobrepeso, ataques cardíacos, diabetes y cáncer, incendiaron y destruyeron cuanto negocio de comida encontraron a su paso. En su lugar construyeron granjas muy higiénicas y amorosas, como quien paga sus culpas con todos los descendientes de los que eran nuestro desayuno, almuerzo y cena en aquellos tiempos de la barriga llena.
Pollos, patos, conejos, peces, vacas y bueyes disfrutando de su bienestar libre de comidas llenas de hormonas y cemento para engordarlos. Ya no reaccionan con temor como lo hicieron sus antepasados. Esta generación frustrada de nuggets, hamburguesas, tocinos, quesos  y yogures ya no saben que es  el temor a la muerte en masa.
Seguimos trabajando para poder tener  acceso a frutas y verduras de mayor calidad. Nos dedicamos a estudiar, a mejorar. El mundo nunca estuvo más creativo y avanzado que ahora. Sólo queda esa sensación desabrida que nos espera un plato sin sonrisa, en blanco y negro para el  paladar.  
Este mundo verde esperanza y bajo de sal se lo debemos a los años oscuros llenos de temor a la muerte y enojo. El golpe económico fue global. El mundo estaba desolado porque  la mayoría de la población estaba dedicaba a tratar de curarse, morir y enterrar. Por eso fue pan comido aceptar el sistema de gobierno vegano para la vida y conservación del planeta. Los años de adaptación vinieron y con ellos el control extremo vestido de verde salud. 
Los veganos no recuerdan los instintos más bajos de los carnívoros. Están más ocupados en su dieta, su longevidad, el ayudar a los demás, el cuidar a los animales y el controlar la muerte que han confiado plenamente en la buena voluntad y los deseos de vivir del hombre. Han olvidado que la autodestrucción es humanamente básica.
Para mí comer vegano es estar condenado a muerte. El recuerdo del sabroso humo de la parrilla o la textura cremosa de un helado por la tarde son más fuertes, entrañables y conmovedores que el día en que vi a  mis hijos nacer. 
Le digo a mi esposa que por motivos de trabajo debo pasar ciertos días fuera de casa cada semana, pero son días de cacería y de robo a granjas. Entonces me siento orgulloso y encendido por mi adicción a los seres vivos puestos al fuego.  Puedo comer  dos o tres pollos sin parar. ¡Qué lloré mi madre mientras masticó un buen filete! Matar a una vaca, deshacerme de su sangre, cocinarla y comer  buena parte de su carne en unos cuantos días sin levantar sospecha sería demasiado para un solo hombre pero lo hice cuando mis supuestos viajes duraban seis semanas. En los viajes de un día, silenciosamente ordeño a una vaca de las granjas durante la madrugada y bebo su leche con pasión y nostalgia añorando los buenos tiempos en que la comida era la alegría de los amigos, el consuelo para los problemas y  la magia que acompañaba cualquier recompensa.
¿De qué sirve estar vivo tanto tiempo tratando de tragarte el cuento de disfrutar los paisajes, las sonrisas y cuanta tontería que no llena el estómago existe? Eso es lo que me da fuerzas cuando los pollos luchan por su vida mientras los llevo para quebrarles el pescuezo y al fin comer.
La pena por quebrar el sistema vegano es muy sencilla. Ponen en prisión al rebelde que ha sido diagnosticado con una enfermedad degenerativa por consumo de animales o que haya subido de peso con desproporción en su cuerpo. Se le condena por el evidente robo, matanza y consumo de los animales y  por no evitar el dolor de su familia. Lo ponen en prisión y lo dejan morir. No hay silla eléctrica, ni inyección letal. Simplemente muere por desnutrición. 
Creo que he sufrido un par de infartos. Sentí un fuerte dolor en el pecho y me desvanecí. Cuando desperté estaba con las uñas y los labios morados. Las dos veces estuve sólo en casa. Me siento pesado y cansado. Con mucha frecuencia me falta la respiración. Me cuesta alcanzar la agilidad de los veganos al caminar, hablar e interactuar con este sistema. Tengo ojeras y mi piel se está manchando. Mi sobrepeso ha hecho que varias veces me detengan las autoridades. Hasta hoy no sé cómo los convencí de dejarme ir.
Mientras siento que mi corazón late a toda velocidad, he decidido vivir mientras muero. Moriré sin sufrir, moriré con sabor en mi boca y con satisfacción en el vientre. Tengo la maleta lista. Saldré a una cacería de la que no  pienso volver.

Sujetó con firmeza el asa de la maleta. Caminó hacia la escalera que empezó a oscurecerse delante de sus ojos. El aire lo abandonó por completo.  Supo que era el final. Una lágrima rodó en su mejilla por el orgullo  de ser un digno cadáver carnívoro, como era la costumbre en aquellos días donde vivíamos para comer y no comíamos para vivir.

Clb.  

jueves, 11 de diciembre de 2014

Los Foniablos

Foniablos comunity




En algún lugar de un mundo no muy diferente al nuestro existieron los  Foniablos. Eran seres sin ojos,  sin nariz, y sin oídos pero con grandes bocas y hablaban con mucha fuerza.  Se creían libres porque decían lo que querían: halagos, insultos,  filosofías o simples palabras del día a día  sin generar ofensa alguna. De la misma manera que los mamíferos a minutos de nacer dan sus primeros pasos, los Foniablos, sin que nadie les enseñe empiezaban a hablar. A veces cantaban con mucho entusiasmo diferentes canciones, melancólicas, de marcha, alegres, de esperanza, que inventaban en el momento ya que nunca habían escuchado a alguien cantar . Oírlos  hablar hubiera sido algo así:
-Te dije que pongas a hervir el agua hace dos horas voy a llegar tarde no sé quién no quiso ir conmigo ayer por más que jale su brazo son todos unos brutos ¡tengo hambre! Cuando sintamos el frio de la noche cantamos ¿ya? La canción que ustedes quieran pero te odio porque nunca me respondes  a mis cumplidos ¿quién más está aquí? ¡Quien sea que seas no me quites el zapato!
Los Foniablos se extinguieron por soledad.   Y así como ellos,  se extinguen algunos matrimonios, familias y amistades en este mundo, porque solo hablar no es suficiente, hay que querer escuchar.

Por eso eres pobre


¡Por eso eres pobre! Le dije. El hombre flaco  me miraba como quien supiera la solución a su desdicha. Minutos antes, bajaba yo de mi carro con muchos bultos pesados. Lo vi sentado y mendigando y le pedí que me ayude. Lo primero que hizo fue poner una tarifa a su ayuda. Le ofrecí dos monedas. Entonces cargó dos bultos y volvió a sentarse sobre su cartón  al lado de una lata que con su mano extendió para que depositara las monedas.

- ¡Por eso eres pobre! -Le grité - ¡Porque no das el extra! Es dar más allá de lo que te piden.
-Estoy enfermo –me dijo. Se volteó y se acostó sobre su cartón.

Yo misma  cargué mis bultos.  Él mendigo me vio pasar, me vio sudar y hasta casi caerme sin mover un solo pelo para ayudarme. Cuando hube terminado, subí a mi carro, baje la ventana y allí estaba él con la lata en su mano esperando las dos monedas. Le di seis.
-No es cuánto tienes, sino cuánto das lo que hace que yo esté aquí y tú –le señalé su cartón- allá.

Clb

MICRO RELATOS por Clb


 *Mi mente y mi cuerpo se dieron cuenta que no podemos seguir jugando a la Mujer Maravilla desde el momento en que me olvidé las llaves dentro de la casa y caí sin destreza del techo  al intentar entrar.

*¡Me siento joven! Lo dicen los  viejos. ¡Los jóvenes jamás!


*¡La  nueva  PrecioZero! Rebaja al instante los precios de todo lo  que quieras comprar. Desde un par de zapatos hasta una casa de playa. Lista para usar en todos los supermercados, tiendas por departamentos, tiendas de automóviles,  inmobiliarias y ¡Más, mucho más!  ¡Llame ya! (Precio a tratar).


*Estamos a una hora de esta esperada jornada. Será un momento de inolvidable y dolorosa diversión. Esperamos que todos los participantes queden satisfechos con los resultados.  Es posible que una desordenada  pasión que los participantes desconocían  tener, sea descubierta este día. Otros saldrán más seguros de lo que  son.  ¡A relajarse y disfrutar!
(Palabras previas al examen de la Próstata.)

jueves, 2 de octubre de 2014

TRÍO



La cena está lista, la mesa está servida correctamente. Necesito un baño relajante para lo que me espera. Es mi cumpleaños.

-Llamó mi mamá. Llega en una hora. ¿Tienes todo listo?-leo el mensaje en mi celular. Es Pablo.
-Sí. ¿A qué hora llegas tú?-pregunto.
-Junto con mi mamá. Nos vemos.

Gladys me asfixia. Pablo es incapaz de contradecirla. Esto no lo vi venir cuando éramos novios. Ella siempre sonriente y respetuosa. Después de casarnos se mudó cerca y ahora pasa la mayor parte del tiempo con nosotros.

-Buenas noches Gladys –saludo.
-Hola Belén. Feliz cumpleaños. ¿Este año me darás nietos o seguimos esperando? Ten cuidado porque corres el riesgo de que salga Down y ahí sí te las arreglas sola hijita, porque no estamos para  excentricidades, me entiendes ¿no?
-Adelante Gladys. Ten cuidado que el piso está encerado.

Pablo llega y saluda a su mamá. Sentados en el sofá, conversan entre ellos. Se tratan con cariño. Me recuerda cuando éramos novios. Pablo era tierno y le gustaba pasar tiempo conmigo. Conversábamos mucho.  Hicimos planes para casarnos, estudiar en el extranjero, trabajar, poner un negocio y vivir de nuestras rentas.

-Por favor, Gladys, pasa a la mesa.

Nos sentamos. Gladys se sirve un poco de arroz, una presa de pollo a la mostaza y  ensalada.  Mastica suavemente.  El silencio me quita el apetito. En dos semanas es nuestro aniversario y no pienso pasarlo en trío como hoy.

-Pablo ¿te dijeron el precio de los pasajes?
-Sí.  Están baratos. ¿Quieres ir de todas maneras? – y mueve la cabeza apuntando a su mamá.
-¿A dónde es que iríamos?- pregunta Gladys sin levantar los ojos de su plato, mientras prepara su siguiente bocado.
-A las playas del sur mamá. El clima está bueno por allá.-contesta Pablo suavemente.
Respiro profundo y con voz temblorosa digo:
-Gladys, por más que disfrutemos tu compañía, esta vez quisiéramos estar solos. ¿Sabes a que me refiero, no?
Pablo agranda sus ojos y veo que está conteniendo la respiración. Gladys se ha quedado quieta al igual que su cuchillo y tenedor. Levanta la mirada hacia mí y dice:
- ¿Ya les dije que el doctor no piensa que la siguiente quimioterapia me ayude mucho, verdad? ¿Estás seguro que quieres  estar lejos de mí? ¿Si algo pasara y llegaras tarde para despedirte?- Le dice a Pablo clavándole los ojos.

Lentamente gira hacia mí.
-¡Eso, mi querida Belén, te costaría el matrimonio!
-¿Más de lo que ya me cuesta? – mi voz suena débil.¡No creo! ¿Pablo?- espero que Pablo intervenga.
-Mamá, cada vez te veo mejor.  Tienes buen apetito y te movilizas sin problema por la ciudad. Una semana por tu cuenta te haría bien.- dice torpemente con la mirada en su plato.

Gladys hace una pausa. Me examina. No puede ser bueno lo que viene.

-Belén, eres una miserable. Separar a un hijo de su madre enferma no tiene perdón de Dios.  Yo preparé a este muchacho para que sea tu marido para siempre. Pagué sus estudios para que pueda ser un buen proveedor para ti. Y eso me privó de muchas comodidades. Espero tu agradecimiento mientras estoy viva, ¿me dejo entender? ¡Caray! Ya hemos hablado de esto tantas veces.

Me encuentro en el asiento trasero del bus. Pablo y su madre están adelante conversando mientras miran el paisaje por la ventana. Gladys se ha puesto la pañoleta en la cabeza, debajo del sombrero, para recordarnos que está enferma y que somos tres hasta que su muerte nos separe.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El Portal

En un bosque oscuro, lleno de árboles secos cuyas ramas se habían enredado  entre sí,  vivían algunas familias, aterrorizadas por la leyenda del  Portal, que no les permitía cantar, hablar ni comer con gusto.
El tiempo y la sombra de los enredados árboles  hacían que casi nunca sonrían ni recuerden como entonar una canción.  Preferían mantenerse vivos y en silencio porque sus voces atraían al Portal, que según la leyenda, buscaba las voces humanas para aparecerse en medio de  encantadoras luces, tan hermosas y brillantes que uno se olvidaba de su familia y de su hogar. Un grato olor a pan horneado se escapaba delicadamente cuando el portal se abría. Encantados por sus bondades, casi ninguno podía resistirse y atravesaban el Portal. Con un ensordecedor portazo, el Portal se cerraba y desaparecía mágicamente.
Nadie sabía que pasaba del otro lado del Portal. Algunos decían que les esperaba un hechizo de viejas brujas  que habían sido solteronas, cuya amargura las llevo a hacer un pacto con el demonio para aparentar juventud hasta que alguien se quiera casar con  ellas. Entonces a cambio de su juventud debían darle al demonio humanos ingenuos para ser torturados por la eternidad.
Suele suceder que en medio de las sombras existe alguien con un corazón lleno de color. Burema, una jovencita muy bella,  vivía con su madre quien  constantemente le susurraba que estuviera en silencio para que no aparezca el Portal y se la trague para siempre.
Una tarde Burema salió a buscar algo para comer. Imaginándose el bosque en todo su esplendor, lleno de los colores de las flores y los aromas de los frutos en los árboles, del sonido de algún manantial que seguro pasaría cerca, empezó a sonreír.  Se sentó por un momento, cerró los ojos, busco el cielo con su rostro y suavemente tarareo una melodía. Cada vez más fuerte y  segura tarareaba cuando sintió el tan temido olor a pan caliente. Abrió los ojos lentamente y vio el Portal. Era una gran puerta de madera, con engranajes dorados y sin cerradura, mágica, envuelta en brillantes colores centelleantes que su imaginación no conocía.
El Portal se abrió completamente y Burema pudo ver gente sentada alrededor de un fuego con instrumentos, cantando y bailando.  Algunos niños correteaban, unas mujeres conversaban entre sonrisas y voces suaves. Unos hombres probaban su fuerza cortando pedazos de leña.  No pudo calcular cuántos eran exactamente, pero eran muchos y todos se veían llenos de felicidad. Se asustó cuando a una todos voltearon hacia ella y con una gran sonrisa comenzaron a decirle ¡Ven! ¡Ven!
Burema recordó  la leyenda pero no le produjo el miedo suficiente como para querer huir. Pensó que sería mejor desaparecer en medio de un hechizo que seguir viva a la sombra de los árboles secos y del miedo y el silencio de las familias del  bosque. Pero sintió que su corazón se quedó sin colores cuando pensó en su madre, que aunque andaba muy amargada y triste todo el tiempo, no merecía quedarse sola.  El Portal entendió su preocupación y empezó a cerrarse lentamente. La gente del otro lado se despedía mientras el Portal terminó de cerrarse y desaparecer.
Cuando regresó a casa, su madre la esperaba parada frente a la puerta. Burema se preparó para ser castigada por arriesgarse y demorar tanto en volver habiendo preocupado a su madre, quien con un susurro temeroso le dijo:
-¿Por qué te demoraste tanto?  ¿Por qué hueles a pan recién horneado?
-Madre ¡vi el Portal! Vi a la gente más feliz de la tierra, jugando, comiendo y riendo. Tenían sol y todo lo que les rodeaba estaba verde. Me invitaron a ir con ellos pero pensé en ti y el Portal desapareció –susurró Burema.
Abrazándola con fuerza, la madre le dijo al oído:
-¡Son las brujas hijas, que te quieren entregar al demonio! ¡Qué bueno que hayas escapado y  estés viva! ¡Me alegra que hayas vuelto!
-Madre, también pensé que sería mejor ser entregada al demonio que seguir viva en esta oscuridad y tristeza. Dentro o fuera del Portal igual estamos muriendo. Yo quiero cantar y no puedo, quiero saltar y me llenas de miedo con tus leyendas. – Y se echó a llorar.
La madre se dio cuenta que no había visto llorar a Burema desde que nació. Burema había sido su pequeño sol todo el tiempo. La mantenía viva y lejos del Portal  porque  le había enseñado esconder en la pobreza y detrás de grises vestidos, la alegría de su corazón. Se dio cuenta que el corazón de Burema se había secado cuando vio el Portal. Comprendió que alguna vez ella también hubiera preferido que las brujas se la lleven antes de dejar de saltar y cantar, pero las sombras del bosque fueron apagando su corazón.
Pasaron la noche en silencio. Burema evitaba recordar el Portal para no sentirse alegre y poder vivir en la sombras junto a su madre. La madre buscó en su corazón un poco de coraje para arriesgarlo todo, para morir en el intento, para cruzar el Portal.
Muy de mañana, la madre se levantó y buscó dos cuchillos  y los ajustó en el cinto de su vestido. Burema la observaba, nunca había visto a la madre moverse con tanta determinación. La madre llamó a Burema, luego la tomó de la mano y la llevó caminando más adentro en el bosque. En el punto más oscuro, sujetó con fuerza uno de los cuchillos y dijo a Burema, ¡Canta ahora! Burema no salía de su asombro, pero entendió que morirían o tal vez vivirían, pero que toda esa sombra y tristeza estaba a un tarareo de acabarse.
Burema cerró los ojos y empezó a tararear. El tarareo resquebrajado de su madre se unió al de ella. Y el olor a pan caliente fue lo primero en aparecer. El Portal se abrió. Entre los colores de las luces centelleantes alrededor del Portal, Burema y su madre vieron a todos los del otro lado, listos para recibirlas.  Tenían regalos, comida, sonrisas y mucha música. La madre tomó la mano de Burema y con un gran respiro y la jaló hacía el  Portal.
En ese momento, de entre las ramas secas de los árboles del bosque, con gritos espantosos llegaron ocho brujas, que empezaron a revolotear en el aire gritando y maldiciendo al Portal. La madre y Burema por un momento se quedaron quietas y asombradas al ver como las caras de las brujas eran tan jóvenes y bellas pero sus ojos estaban llenos de odio. El Portal se apresuró a cerrarse y empujándolas hacia adentro y en un segundo estuvieron del otro lado del Portal.
Les tomó algunos días entender que habían estado viviendo en el hechizo de las brujas. Un hechizo antiguo y sencillo: el hechizo del temor a la muerte. Habían respirado la oscuridad del demonio, el silencio era el infierno en que el demonio reinaba, habían estado muertas en vida. Pero el hechizo de las brujas se acababa cuando algún corazón se atrevía a creer que había algo más que la oscuridad y el silencio.

 Por siempre,  cada tarde, como Burema muchos más, a la hora del pan, cantan con toda su fuerza y alegría de la salvación del Portal.

Clb

La solución de Mamá

1     Hace unas semanas cumpliste cuarenta y dos años. Este embarazo lo pasaste entre descansos y frecuentes citas con el doctor. El ser paciente de alto riesgo ha logrado que la ansiedad sea tu ama y señora durante estos últimos nueve meses  y que el temor sea el verdugo de tu equilibrio en los próximos años. Cuando perseguías tu título y los grados universitarios existentes y por existir, el tiempo te llevó la delantera. Estabas cerca de los cuarenta, sin esposo, sin hijos. Una solitaria vejez sería tu siguiente parada.
Pero como siempre, obsesionada con lo que no has alcanzado aún,  conquistaste el corazón maduro y solitario de un hombre que buscaba algo de compañía y el poder vivir en medio de ciertos lujos como recompensa por esos largos años de trabajo que pondrían a tus pies una vida cómoda y hasta despreocupada.
Alejandro llegó.  Has pasado cada minuto a su lado limpiando sus manos, desinfectando sus mejillas de los besos de su padre o de la abuela. Decidiste restringir las visitas para Alejandro, para que no afecten sus horarios de sueño o de juego. Quieres que sea perfecto porque en el  fondo sabes que tu esposo morirán antes que tú y Alejandro será tu compañero incondicional en la vejez.
¿Cuál es tu plan ahora que tiene que ir a la escuela? Tienes meses pensando cómo evitar que entre en contacto con los otros niños y con sus juguetes infectados, con las maestras y sus gérmenes que traerán desde sólo Dios sabrá  dónde.  
Astutamente convenciste a tu esposo de que Alejandro estudie en casa. Tengo que admitir que tu enseñanza es impecable. Los resultados en los conocimientos de Alejandro son más que satisfactorios.
Pero me sigue sorprendiendo cómo no te informaste sobre la pubertad ¿Creíste que toda la vida Alejandro sería pequeño? Ese ligero acné que le empezó a aparecer hace que  por momentos no quieras mirar su rostro.
Pero nada se compara a esa mañana en que asustado Alejandro te mostró su sábana manchada por una sustancia pegajosa que ya casi ni recordabas. Me dio tanta risa verte muda, avergonzada, desarmada. Tantos paseos, cumpleaños, invitaciones al parque que rechazaste para que en un abrir y cerrar de ojos Alejandro haya tenido en sueños toda la libertad y diversión que no le podrás quitar.
-Alejandro, esto está mal. Esto es malo. Esto le pasa a gente cochina y perversa ¿entiendes? Tienes que evitarlo como sea.
-¡Pero ni sé cómo me pasó mamá!
(Y ahora tu mente se pone a trabajar)
-¿Te acuerdas cuando en Historia Universal estudiamos a los eunucos? Que eran gente de mucha confianza y que tenían grandes responsabilidades, que eran ricos y muy fuertes ¿Te acuerdas?
-Más o menos- dice Alejandro vacilando.
-Creo que tú eres uno de ellos. Y esto que te ha pasado es la demostración de que si no procedemos a tiempo podrías perderte la oportunidad de ser un personaje histórico ¿entiendes?
-Más o menos- dice pensativo.
-Yo creo que esta semana no pasa para que seas un nuevo eunuco en el mundo. No te preocupes, yo me encargo.
Alejandro mira al piso. Sube la mirada hacia su madre. Recuerda que durante las clases mientras escuchaba las apasionadas explicaciones que ella le daba,  se preguntaba si estaría loca. Pensó que investigaría en el internet sobre los eunucos modernos y si es que existen aún. También recordó el día en que su padre le dio a escondidas la computadora portátil y las madrugadas en que ambos aprendían a usarla, mientras mamá descansaba de sus obsesiones. Y con tristeza supo que era el momento para que papá lleve a mamá a un lugar mejor. Era inevitable. Papá se lo advirtió.
-Disfruta a tu mamá mientras todavía este cuerda. Como habla sólo contigo, si no me avisas de cualquier cosa extraña que haga, no podré ayudarla, ni ayudarte, porque sinceramente hijo, no sé en qué terminará todo esto.
Y este tema del eunuco moderno le dijo a Alejandro que ya habías cruzado el límite. No supe si reír o llorar cuando tan ingenua aceptaste la invitación de tu esposo para ir al médico. Te veías muy chistosa. Tan pulcra, perfectita y segura, con el único pensamiento de encontrar a ese doctor que te hiciera el favor de castrar a tu hijo para seguir con tu proyecto de la compañía para tu vejez.
¿Ya te sientes mejor? ¿Se relajó tu mente? Has dormido casi una semana. No puedes recibir visitas. Tampoco tienes quién te visite. Alejandro y su papá prefieren estar lejos de ti y de tus ideas raras ¡Ay amiga! Creo que estabas destinada a estar conmigo,  tu  vejez solitaria.

Clb.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El cuerpo de Lucía

  Te levantas de la cama, buscas tus lentes y caminas descalzo hasta el baño. Cierras la puerta. Sales llorando. Te dirijes a la cocina. El reloj marca las seis de la mañana. Te pones una pesada bata. El café que te has preparado humea mientras cierras los ojos.
El café está frío, ya dejo de humear y tu sigues con los ojos cerrados. Te frotas la frente con las manos. Caminas hacia el dormitorio, buscas debajo de tu cama.
Conectas el teléfono. Comienza a timbrar sin parar. Han pasado ya diez minutos desde que el teléfono timbra incesantemente. Pones el altavoz. ¿Hijito? Papito, están buscando como locos el cuerpo de tu novia Lucía. ¿Tú sabes algo? Los papás han ido temprano al velatorio y el cuerpo de la chica no está. ¿Estás bien? Cierras el altavoz. Se oyen unas voces. Están  frente a la puerta de tu edificio.  ¡Con qué rapidez has jalado ese cuerpo de debajo de la cama! Parece una niñita. Es tan delgada y pequeña. Te tiemblan las manos. Se oyen las voces cada vez más cerca de tu departamento. Sigues temblando, parece que te cuesta concentrarte. Miras detenidamente el cuerpo ¡No es Lucía! dices como susurrando. Estás dando vueltas alrededor del cuerpo. Te ves muy nervioso. Y las voces se oyen cada vez más cerca. Tocan a tu puerta. Se saludan y te dan la noticia de que el cuerpo de Lucía ha desaparecido del velatorio. Se te ve tan sorprendido. Respondes con un tono muy natural y preocupado cada pregunta. Les pides que te den un momento para alistarte y ayudarles en la búsqueda.  Cierras la puerta. Vuelves a tu cuarto.  Regresas el cuerpo debajo de tu cama. Te alistas rápidamente.  Vas hacia la puerta. Vuelves a mirar hacia tu cama ¡No es Lucía!

-¿Cuántos cuerpos se velaban ayer en la noche en ese velatorio?- preguntas
-Sólo el de la señorita Lucía

Llegas a tu casa en la noche. Buscas debajo de tu cama. No está el cuerpo. Te quedas pensando. Suspiras como quien está agotado. Abres tu diario y escribes:


Lunes, 10 de marzo. Lo malo de que me tome las pastillas es que nunca sé en que terminan los alucinaciones. Nota: No visites a tu mamá, ella mezcla las pastillas con la comida que te invita.

Frontera

 La Niña tenía catorce años cuando conoció su nueva habitación y al Padre.  Una cama de una y media plaza, piso alfombrado, closet, un equipo de sonido muy antiguo, una ventana que daba al tragaluz, paredes verdes y mucha humedad. Una perra encerrada en el patio trasero, algunos ratones que merodeaban por la cocina de día y de noche, cucharachas en una medida que no pasaban desapercibidas. El baño, que le aseguraron sería el sello de la privacidad  de la que disfrutaría, al parecer no había tenido la visita de la lejía o desinfectante alguno porque las larvas se movían alrededor de la taza del inodoro con mucha tranquilidad.
La Niña sabía que el Padre no era cualquier persona. Sabía que era una especie de genio, pero había escogido el peor de los ángulos para demostrar su excentricidad usando de pincel la suciedad y de lienzo una paranoia que había hecho que puertas y ventanas tengan cerrojos y rejas permitiendo que ingresen escasos rayos de luz al departamento.
El Padre esperaba a la niña cuando regresaba del colegio. Ponía el almuerzo frente a ella y salía echando llave a cuanto cerrojo, candado y rejas  tuviera  el departamento.
La Niña pasaba tardes enteras mirando la lluvia y envidiando la libertad de la  gente en la calle.
La Niña empezó a dejar de comer y de jugar con la perra. Le perdió miedo a los ratones cazándolos con las manos. Día a día recordaba a su mamá y a los amigos que había dejado en el país donde nació, cruzando la frontera.
Una madrugada la Niña entró al cuarto del Padre. Sustrajo cuidadosamente las llaves y salió. Como había observado por meses al Padre, echó llave desde fuera a cada cerrojo.
En la mañana el Padre, como de costumbre, tocó la puerta de la niña para despertarla para que se aliste para ir a la escuela. Al no recibir respuesta empezó a vociferar y a maldecir a la Niña y a su madre, como ya lo había hecho antes, como cuando la botó por bastarda y la llevó durante toda una noche hasta la frontera y la dejo parada allí hasta el día siguiente. Ella asustada sin saber a donde ir  se quedó sin moverse hasta que apareció el sol. El Padre que la observó toda la madrugada desde lejos, la llevó de regreso de la frontera al departamento y la encerró aún más. Le quito hasta el derecho de escribirle las cartas a su mamá.
El Padre maldecía mientras se alistaba para salir. Pensaba dejarla encerrada y sin comida ese día. Ya listo, buscó sus llaves. Los gritos y maldiciones se escuchaban hasta la calle. Pero no hasta la frontera, donde la niña tiró las llaves en un río y cruzó hacia su país, hacia su mamá.


Velorios y algo más

Respirando el olor a incienso impregnado en la madera y con las rodillas entumecidas la ancianita rezaba.
-    Virgencita, yo sé que me oyes. Recibe a mi Dionisio.
Muy bien embalsamado lo tenía. Las fieles no conocían a esta ancianita pero las conmovía el amor con el que venía a rezar y a llorar.
La acompañaron a su casa para conocer el motivo de tal congoja. Se aterrorizaron al ver el cadáver. Doña Teresita les pidió ayuda.
-Es que yo no puedo enterrar sola mi Dionisio.

Armaron el velorio y después de los servicios fúnebres, Doña Teresita se despidió y se alejó despacito diciendo que se iba a descansar. En medio de la tristeza nadie se preguntó en qué momento se casó Don Dionisio, que siempre había sido un picaflor solterón.

En un pueblo a una hora de camino, una semana después estaba Doña Teresita rezando:

-Virgencita, yo sé que me oyes. Recibe a mi Teófilo.

Las fieles la oyeron y se conmovieron. Al igual que las anteriores la llevaron a su casa, encontraron el cadáver, le ayudaron con los servicios fúnebres. Se fue a descansar. Semanas después apareció en otras iglesias, pidiendo por Tobías, Mariano, Américo, Anfiloquio…

-¡Vete vieja! A mí no me vas a matar – le dijo Don Eustaquio, cuando le abrió la puerta. Los zapatitos de charol, el pañuelo en la cabeza y el gigantesco anillo de boda. Sabía por la leyenda que sus tías despechadas le contaron de niño, que Doña Teresita era la vengadora de los corazones rotos por solterones mujeriegos.

Doña Teresita se arrodilló y empezó a llorar y orar:

-Virgencita, yo sé que me oyes. Llévate a mi Eustaquio porque sufre mucho por la soledad.

En ese momento, Don Eustaquio siente una fuerte presión en el pecho que lo deja paralizado. Doña Teresita, dice sus rezos mientras lo embalsama. Se dirige a la iglesita y empieza a rezar:

-Virgencita, yo sé que me oyes. Recibe a mi Eustaquio.

Sólo

.El abandono me cubrió de polvo desde hace muchas noches ya.  Hubiera querido ser algo más jovial, esperanzador o instructivo para aligerar  la soledad de tus pequeños pasos que día y noche avanzan y se detienen por los corredores, como quien espera, como quien se resigna, como quien muere.  Me dejaron en tus manos para que te distrajeras mientras papá y mamá salían a buscar un poco de sangre para ti.  La promesa de volver antes del amanecer no se cumple desde hace muchas lunas llenas.

 Los pequeños ojos rojos llenos de lágrimas miran al viejo libro empolvado de tristeza y olvido. Se acerca al estante, se empina con cuidado, lo toma en sus manos y respirando  profundo y con voz entrecortada, lee desde el principio: “Erase una vez, en una noche que invitaba a la maldad, una feliz familia de vampiros que salieron a  volar…”

lunes, 19 de mayo de 2014

La Lección

Las malas compañías me entrenaron para que la ingratitud abriera amplias entradas a una vida libre y bien gozada. Gente bonachona  en familia alrededor de la parrilla mientras los niños están sucios de tanta alegría, se prestan para mi sutil aparición.
Con una postura confiada y  un carisma frío en la dosis precisa y  con los ojos llenos de pesar  de quien hubiera vivido siete duras vidas embaucaré otra vez. Serán mis amigos para siempre por seis meses o un año. 
Ya saben que estoy sola, ¡Es tan triste mi historia! Temerosamente mastico y saboreo  algún corte de carne de lástima gourmet que buscan distraerme para que pueda fingir que oigo su preocupación por mí. El espíritu de ayuda social comienza a iluminar. ¡Hecho!  Me quedo con ellos.  Con un estallido de alegría y abrazos desesperados me dan la bienvenida.
He perdido la cuenta. ¿Cuánto tiempo pasó desde que llegué?  Enfermarme no estaba en el plan. Este dolor en la piel me ha tenido durmiendo la mayor parte del tiempo… No me siento del todo bien. Cuando estoy de pie me mareo un poco.  Aun así, la misma gente ya empieza a asfixiarme.  El tedio hace que busque privacidad.  Aburridas voces hablando  lo mismo como si fuera la gran novedad.  Nada interesante, nada que me apasione y me haga saltar del asiento. Es la vieja señal, es momento de partir.  
No llevo nada conmigo. Nadie me dirá ladrona. A veces me imagino sus conversaciones sobre mi paradero o las personas que se cruzarán en mi camino y  que me amarán en su lugar. Les rebozará  la dignidad de haber ayudado a un necesitado, se darán la vuelta y dormirán con la barriga y  conciencia llenas. 
La despedida silenciosa es mi sello personal. Salir por la puerta grande con el mismo amor con el que entre aunque esta vez un poco más despacio y  adolorida.  Los niños me siguen con la mirada y en sus ojos hay un desprevenido “no vayas muy lejos”. Me alejo hasta ya no percibir su olor ni recordar por donde dejé mi rastro.
Me perdí al fin. No sé cómo volver.  Libre otra vez…  
¿Libre otra vez? Una vez más los humanos en blanco y negro se ven iguales.  Es de noche y debo andar sin parar…  
En el reflejo de una vitrina me veo vieja. Debo dormir un poco.
Ladré secamente toda la noche alejando a unos perros corrientes lamedores de carachas ajenas. Unos hombres con palos me arrastraron a una camioneta. ¡Estos gatos inmundos no me enseñaron a trepar! La cachorrita que despertaba deseos de adopción a toda costa se ha desvanecido. Mi débil figura, la sarna que no me dio una pausa ni  la fuerza para aullar mi desgracia han dictado mi sentencia. Entre silencios interrumpidos por un ladrido de uno que recuerda su final esperamos uno a uno ir al sacrificio. 
Lección aprendida. En mi segunda vida no me dejaré engatusar.
Clb

jueves, 30 de diciembre de 2010

El vuelo


Marianita y Valentín jugaban en el parque a que podían volar. Marianita con mágicas alas de mariposa y Valentín con una capa negra. Ella estaría en peligro porque era un hada buena que ayudaba a los niños y el malvado Perro Loco la quería envenenar. Valentín la rescataría con el fuego que sale de su boca y los dos se irían volando a un lugar seguro.
Las madres observaban con poco cuidado a los niños jugando. La conversación sobre el vergonzoso embarazo de una vecina las tenía absortas.
-¿Dónde está Marianita? -dijo la mamá como volviendo de un sueño, después de media hora.
-¡Tampoco está Valentín!
Las angustia sobrecogió a las madres y alborotadas le preguntaban a todo transeúnte si habían visto a sus hijos.
¡Mamá! ¡Vamos a volar! Se oyó una lejana vocecita que parecía venir del cielo. Las madres voltearon y en lo alto de un edificio vieron a los niños, que agitaban las alitas y las capas, llenos de alegría, ayudándose mutuamente a pararse en el borde, ¡listos para saltar!
-¡Noooo! ¡Bájense de ahí!
Marianita con mucha inocencia y dulzura sonreía mientras se acomodaba las alitas. Valentín miraba como sus dedos trataban de ajustar las amarras de su capa.
-¡Mamá cuenta hasta tres! –gritó Valentín. Su mamá se desplomó de terror.
Tomados de las manitos, saltaron con una sonrisa ingenua. La mamá de Mariana volteó la cabeza y se tapó los oídos.
Las alitas en el pavimento aleteaban despacito. La capa de Valentín se mojó con su sangre. Las madres no se volvieron a hablar. Al enterarse de la noticia la vecina embarazada de un hombre casado, abrazando su barriga preguntaría:
-¿En qué estaban pensando estas mujeres?